MADRID TURÍSTICO, Guía para viajeros

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Madrid: Fuente de la Cibeles

Madrid: Fuente de la Cibeles

martes, 24 de junio de 2014

MADRID CAPITAL DE ESPAÑA

 
 
Cuando en 1561, Felipe II decreta instalar la capital de sus estados en la villa de Madrid, no podía imaginar de qué modo iba a repercutir dicha decisión en aquella urbe. Desconocemos las razones que le movieron, pero debían de tener cierto peso: había entonces en Castilla otras muchas ciudades que parecían ser más apropiadas. Ciudades espléndidas, ricas, bien situadas, con tradición política e infraestructura suficiente, dignas de convertirse en residencia oficial de la Corte y centro de una monarquía en la que no se ponía el sol. A pesar suyo, Madrid fue la elección del Rey Prudente.
 
Su posición central en la Península no era demasiado valiosa: los reinos de los Austrias se extendían entonces desde América hasta Italia; Castilla, por tanto, constituía sólo una pequeña porción de la monarquía. De hecho, la distancia era algo que parecía preocupar poco a Felipe II, quien esperaba las noticias de su imperio en el vecino monasterio de El Escorial. Además, a poco más de una jornada de Madrid se encontraba Toledo, una rica e importante ciudad que no resultó agraciada con la capitalidad. Resulta improbable que el motivo de su exclusión fuese el descontento de Isabel de Valois, que odiaba el brusco contraste de los fríos y húmedos inviernos toledanos, con sus veranos secos y calurosos. Sin embargo, el clima madrileño no era mucho mejor, si exceptuamos la influencia benigna de la vecina sierra de Guadarrama, que proporcionaba aires saludables y frescos durante el estío. ¿Qué poseía Madrid para que Felipe II la eligiera capital? Debía de ser algo forjado en los siglos anteriores. Por tanto, hagamos un breve repaso de ellos.
 
Durante mucho tiempo, la ciudad había permanecido alejada de los centros de poder, hasta que se iniciara, a comienzos del siglo XIII, la penetración en el valle del Guadalquivir. A partir de entonces, se transforma en un enclave estratégico, causa de una fuerte militarización de la villa encarnada por su alcázar. Hasta ese momento, su desarrollo urbano, social y económico había sido el característico de una ciudad de frontera: se trataba de un núcleo bien fortificado, habitado predominantemente por caballeros, cuyo desarrollo económico se había reducido al necesario para un abastecimiento suficiente de los lugareños. No había fuentes de riqueza importantes y no se desarrolló ninguna industria que rebasara los ámbitos ciudadanos.
 
Es a partir de los cambios del siglo XII cuando Madrid comienza a formar una personalidad característica, basada en sus orígenes. Como realengo que era, no tenían peso en la ciudad la alta nobleza ni la jerarquía eclesiástica. Era tierra de caballeros que habían perdido su razón de ser, que abandonan la actividad militar y encuentran una nueva fuente de financiación en los oficios concejiles. A la ausencia de grandes intereses nobiliarios y eclesiásticos se sumará el atractivo de las cacerías en el monte de El Pardo como razones de las cada vez más habituales estancias de los reyes en Madrid a partir de Pedro I. Paralelamente, se irán convocando las Cortes con mayor frecuencia en la villa, aprovechando su posición media dentro de la Corona de Castilla. Dicha situación favorecía, además, el paso de mercancías y el abastecimiento, el consiguiente desarrollo de un mercado y, por tanto, un crecimiento económico continuo.
 
Todas estas circunstancias no podían sustraerse a la perspicacia del segundo de los Austrias. Madrid era una ciudad nueva, sin ataduras con el pasado castellano, sin alta nobleza, ni bandos enfrentados; ofrecía en contrapartida una oligarquía de servicio dedicada al gobierno local; por añadidura, estaba a la vez lejos y cerca de todas partes. Felipe II comprendió el alcance de estas ventajas, y convirtió a Madrid en su ciudad; una capital de lento crecimiento, que sólo fue capaz del esplendor algunos siglos más tarde.
 
Con la capitalidad, surge la necesidad de volverse al pasado de la ciudad, adornarlo y glorificarlo para hacerlo digno de los Austrias; es el momento en el que nacen los falsos cronicones, reinventores de la historia de Madrid. La gran mancha que los eruditos de entonces deseaban borrar era el profundo enraizamiento madrileño con el Islam, inadmisible en un siglo como el XVI, marcado por la tensión religiosa. Y sin embargo, Madrid era incuestionablemente una fundación islámica, como sus mejores edificaciones atestiguaban; tanto el alcázar como las más señaladas iglesias medievales habían sido construidos por alarifes musulmanes o mudéjares. Este pasado infiel no era lo ideal, y menos aún si consideramos que el turco representaba por aquel entonces una de las mayores amenazas para el Imperio. Todo ello condujo a buscar un origen más remoto: la Mantua carpetana, el romano Miacum o el Madrid visigodo. La villa requería, además, un santo patrón —papel que recayó sobre un labrador madrileño— y un culto mariano —la Virgen de la Almudena— que afirmaran una profunda devoción.
 
Los lugares comunes se repitieron, hasta llegar incluso a nuestros días, en que persiste un incomprensible interés por desvincular a Madrid de su importante legado andalusí, olvidando que la villa nació bajo la égida de una de las fuerzas más poderosas del Medievo: el Islam. Su impronta es innegable: la toponimia, el callejero, el emplazamiento, las conducciones de agua, los restos arquitectónicos, el nombre de su patrona, etc., contribuyen mantener viva una rica herencia que ni la monarquía de los Austrias, ni la de los Borbones fueron capaces de borrar.

Fuente:
Julia Santos - Madrid Historia De Una Capital

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